Las marcas saben que empaquetar bien el producto es importante. Saben que cuidar los detalles puede marcar definitivamente la diferencia entre vender y no vender, entre “tocar” y no tocar al consumidor.

Si atendemos al experimento que en 2007 realizó Joshua Bell, uno de los más famosos  violinistas del momento, que durante una hora estuvo tocando en el metro de Wahington, con su Stradivarius valorado en más de 2,5 millones de euros, sin que prácticamente nadie le hiciera caso. Si además sabemos que cuando unos días antes, muchos habían pagado más de 70 euros por verle tocar lo mismo en el teatro de Boston, podríamos llegar a la conclusión de que el ser humano no es capaz de percibir la belleza salvo que previamente le avisen de que algo es bello.
El violinista de incógnito
De la misma manera, si atendemos a lo que ocurrió en el 2003 en el Guggenheim de Bilbao, podríamos llegar a la conclusión de que el ser humano no es capaz de distinguir lo que es bello de lo que no lo es, que si se le predispone, podría aceptar cualquier cosa. Un cuadro falso, fue colgado por un grupo de artistas con la  intención de demostrar que “el arte, a partir de ciertos niveles y si se difunde adecuadamente, está al alcance de todos”.  Efectivamente, muchos se pararon a contemplar dicho cuadro y probablemente algunos disfrutaron.

Pero ambas conclusiones serían erróneas o por lo menos parciales. ¿Qué nos demuestran realmente estos dos experimentos sociales?, que la predisposición mental favorece el disfrute y que, por tanto, la experiencia del cliente, debe tener en cuenta tanto el producto como el momento y el lugar, entre otros aspectos. Visión holística pensando en nuestros clientes. No hablemos de canales, hablemos de momentos. No hablemos de producto, hablemos de experiencias únicas, hablemos de todo alrededor del producto, hablemos del pack  entendido en sentido amplio. Situémonos en una perspectiva diferente de relación marca/cliente.

 

Miguel Yáñez

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